El hombre entró en la taberna de La Gaviota tres horas después del medio día y se sentó con una botella de brandy y dos vasos, uno para él y otro para cualquiera que quisiera sentarse a su mesa. Mientras caía la tarde, los habituales del local fueron acercándose, y uno tras otro, más tarde o más temprano, acabaron sentados frente al desconocido de ropas de cuero. Si el posadero notó que la mayoría de los parroquianos abandonaban el local antes de lo habitual, y mucho más sobrios que de costumbre, no pareció preocuparle.Spade había cabalgado al Dragón para alejar el día, se había bañado y esperaba a Grugan con sus mejores galas. Aunque consistían en una camisa blanca y un pantalón poco usado, le daban un aspecto mucho más respetable que a su interlocutor. Los hombres de Grugan habían recogido a los heridos, envueltos aún en sábanas manchadas de sangre, y habían partido. Tan sólo el capitán de los piratas continuaba en la mansión, frente al cirujano. Spade podía ver como la fiebre aún seguía devorándole las entrañas, y le mantuvo la mirada mucho tiempo.
- Eres un maldito inglés despreciable, Spade. Si no fuera por tus manos, te habríamos colgado junto al Gobernador hace muchos años.
- No tenéis el valor suficiente, Grugan. Sois un puñado de desarrapados que se matan entre si por las migajas de los imperios. No tenéis el valor para matarme. Tenéis demasiado miedo de morir.
Grugan dejó caer su enorme mano sobre la empuñadura de hueso de su sable de abordaje y dio un paso adelante. Spade pudo oler la podredumbre de la herida del hombro del pirata, la grasa de su cabello, el olor de la muerte y de la locura.
- No todos somos cobardes, Doctor Spade. Algún día te mataré, y juro por las barbas de Belcebú que te cortaré las manos y me haré un collar con tus dedos. Recuérdalo la próxima vez que nos veamos, Spade.
- Lo recordaré, si no te mata antes la infección de tu hombro. Y ahora, largo de mi casa, Pirata.
Grugan giró sobre sus talones y se alejó rumbo al pueblo. Spade perdió pie y tuvo que aferrarse a la mesa. El Dragón aún corría por sus venas. Sabía que la amenaza del pirata no era una bravata, que le mataría y se haría un collar con sus manos si le daba la oportunidad. Cuando los temblores pasaron, se ató el pelo en una coleta y cogió unas monedas de un cajón.
Necesitaba un trago.
Antes de meterse en La Gaviota paseó por el malecón, tratando de despejarse. Ahora que el sol se había puesto, los tres barcos de Grugan salpicaban el agua oscura con la luz de las antorchas. Estarían allí toda la temporada, al abrigo de las tormentas.
Spade contempló el promontorio que cerraba la boca del cráter que formaba la bahía de Islanegra y el océano que se alzaba más allá, infinito y azul. Rápidamente dio la vuelta y se perdió en las malolientes calles del pueblo.
Cuando entró en la posada se dio cuenta de que algo extraño pasaba. Apenas había dos o tres personas en la sala, en completo silencio. Sin hacer caso, pidió ron y se retiró a un rincón oscuro a beber en calma. Los hombres salieron apresuradamente echándole miradas sobre el hombro. Sólo quedaron él, el posadero y el desconocido junto a su botella de brandy, ahora vacía. Poco le importaba a Spade. A medida que el alcohol se filtraba en su sangre, su mente vagaba hacia el océano, cada vez más atrás en el tiempo y más abajo hacia las profundidades. No se dio cuenta cuando el desconocido salió del local, dirigiéndole un extraño saludo.
- Vudú - Dijo el primer hombre, cargando la pistola.
- Magia negra de la peor clase, es lo que me contó aquel hombre. Vendió su alma al Demonio - El segundo hombre miraba de vez en cuando hacia el callejón, vigilante.
- Era demasiado extraño. Sólo un brujo podía salvar a aquellos hombres. ¿Os acordáis de Belt? Le salvó de aquella herida, y después... - Otro hombre, bastante nervioso. Miró las pequeñas monedas de plomo que le había dado el hombre de la posada y las tiró lo más lejos posible.
- Todos sabemos lo que le pasó al pobre desgraciado. Nadie merece eso. Es cosa de hechicería. El Diablo vendrá a reclamar su pago y entonces todo será nuestro.
- Si. Tenemos que prepararnos.
- Deberíamos...
Cuando Spade apareció tambaleándose por el callejón, los tres hombres se escabulleron silenciosamente entre las sombras. Spade continuó su camino como un barco escorado, arrastrando los pies por el sendero y saludando con una parodia ebria de saludo marcial al Gobernador Cadáver que se mecía como un péndulo frente a su puerta.
En el salón comedor le esperaba el desconocido, cenando tranquilamente a la luz de las velas. Spade se acercó a él, vomitó en la chimenea y estuvo a punto de desmayarse. El hombre le sostuvo con brazo de hierro y le acercó una silla. Spade se derrumbó sobre la mesa, respirando pesadamente.
- Señor Spade, espero que esté lo bastante recuperado dentro de un rato. Le vendría bien algo de estofado ¿Le apetece?
El medico tuvo fuerza suficiente para mirar el plato que le ofrecía el hombre y volver a vomitar. Después se sintió más despejado y se irguió en la silla.
- ¿Quién... quién demonios es usted? ¿Qué se supone que hace en mi casa?
- Como ve, estoy cenando. No sabía cuándo regresaría, así que me tomé la libertad. Pruebe el estofado, le sentará bien. Me temo que sea gato callejero, pero no pude encontrar nada de carne en buen estado.
Spade comió. No recordaba cuándo había sido la última vez que había cenado algo que no fuese jugo de caña. Se sirvió una copa de la jarra que tenía en frente y descubrió que era agua, limpia y dulce.
- Me llamo Peter Ernst, Doctor Spade. He venido a proponerle un trabajo. El navío en el que estoy embarcado necesita un cirujano, y usted parece ser el mejor de todo el Caribe.
- No me interesa. Termine de comer y lárguese de aquí. Ya tengo un trabajo.
- Lo sé, lo sé, pero no se apresure, Doctor Spade. Verá, me temo que si no viene conmigo, morirá.
- ¿Me está amenazando?
Spade se levantó lentamente, con la salsa chorreándole la barba desarreglada. Ernst parecía más bajo que Spade, aunque más corpulento. Vestía una camisa negra sobre la que lucía un chaleco de cuero a juego con los pantalones, un pañuelo verde anudado a la cabeza y, por lo que podía ver, ningún arma. Era indudablemente más viejo. Sus cejas eran completamente blancas y sus ojos estaban rodeados de arrugas. A Spade no le quedó duda de que, en su estado actual, seguramente saldría perdiendo en una lucha. Pero él contaba con un puñal, y dejó que el otro hombre lo viese.
- Tranquilícese, Doctor Spade. Como ve, no voy armado. No seré yo quien le mate, si no la multitud que se está reuniendo en los alrededores de la casa. De hecho, no sé lo que tardarán en entrar a por usted.
- ¿Qué multitud? ¿De qué está hablando?
- Verá, Doctor Spade - Ernst se puso en pie y se limpió la boca con una servilleta. - Me he tomado muchas molestias para llegar hasta usted. De hecho, le he seguido por medio Caribe. Aquellos que saben de su existencia guardan muy bien el secreto, y no me extraña: Un hombre que puede arrebatar las almas de las puertas del Infierno, o eso dicen. Es una leyenda, Doctor. Incluso en Florida conocen su nombre.
Se escuchó un golpe en el exterior de la casa.
- Vaya, ya han llegado...
Spade dio un rápido paso y colocó el puñal en el cuello del hombre. Una gota de sangre se deslizó por la hoja.
- Va a decirme qué demonios significa esto, señor Ernst, o usted tampoco saldrá vivo de aquí.
- Muy sencillo, Doctor Spade... No es necesario... - El puñal se apretó más contra su cuello - Bien, sólo he tenido unas palabras con los parroquianos de la taberna que frecuenta. Y les he contado una pequeña historia que, a decir verdad, escuché hace algún tiempo...
- ¿Qué historia? - Spade apretó la hoja del arma un poco más. Le llegó el olor del humo y un ruido creciente en el exterior de la mansión: Pasos de muchos hombres.
- Hace diez años, un joven Doctor navegó de Inglaterra a las Colonias para iniciar una nueva vida. Ese Doctor era una persona ambiciosa y sin ningún escrúpulo, y quería convertirse en el mayor medico del Nuevo Mundo. Había huido de los Hombres del Rey llevándose libros extraños de brujería y alquimia, y tenía la loca idea de acabar con la Muerte.
Una noche, leyó un libro y sacrificó a una muchacha. Dicen que se reunió con el Diablo en un cruce de caminos y este, a cambio de las almas de aquellos a los que salvase, le concedió el don de unas manos milagrosas, unas manos capaces de arrancar a un moribundo de las fauces de la Parca. Desde ese momento, ningún paciente, por muy desesperada que fuese su situación, murió en sus manos. Ni uno solo. Pero su trato tenía dos partes, y el Demonio se llevó las almas de aquellos que había salvado. A los pocos años, sus pacientes morían de formas horribles, en agonías inimaginables, atacados por males que jamás se habían visto, en accidentes imposibles... Y los cazadores de brujas cayeron sobre el pueblo y quemaron su hogar. Pero el medico escapó al sur y acabó refugiándose en el Caribe, usando su don maldito con gentes que ya estaban condenadas al Infierno por sus muchos otros delitos.
La presión del puñal se aflojó. Fuera, comenzaron a escucharse las primeras voces y algunos gritos. Spade dio un paso atrás y le miró con furia.
- Es asombroso como cambian las historias a medida que se cuentan, ¿no le parece, Doctor Spade?. Apenas me costó convencer a sus vecinos...
Spade corrió hacia una de las ventanas. Un grupo de hombres con antorchas comenzaba a formarse bajo el roble de la entrada.
- ¡Maldito idiota!
- No, Doctor Spade. Usted es el maldito. Y ahora, ¿por qué no acepta mi oferta? Puedo sacarle de aquí.
Como si hubiese estado esperando esa frase, una botella ardiente atravesó la ventana, incendiando el comedor. Spade miró fijamente a Ernst. En el exterior comenzaron los gritos.
- No parece quedarme otra opción.
Ernst sonrió, mostrando una dentadura llena de oro. Con paso firme se dirigió al invernadero. Más allá de las paredes de cristal se veían las siluetas de los asaltantes, recortadas por las antorchas. Muchos luchaban entre sí.
Ernst abrió una puerta trasera y se adentró en sendero que se perdía en la jungla del interior de la isla. Spade dudó un instante. Núnca había reparado en la puerta trasera del invernadero.
- ¿Cómo sabía que existía ese sendero?
Ernst se detuvo y volvió a sonreír. La luz del incendio le dio un aspecto cadavérico.
- Ya le dije que llevo bastante tiempo esperándole, Doctor Spade. ¿Me acompaña?
Se internaron por el sendero mientras los ruidos de la destrucción se hacían mayores a sus espaldas. Al poco, Spade dejó que Ernst se adelantara: No confiaba en él y podía oler una trampa en cuanto se acercaba a ella. La selva estaba silenciosa, algo inusual a menos que...
El hombre saltó en medio del sendero. Ernst se detuvo junto a tiempo para evitar que le cayese encima. Spade se dio la vuelta y descubrió cinco hombres más que se acercaban desde ambos lados. Atrapados.
- Usted puede marcharse, señor. Es sólo Spade quien nos interesa...
Se escuchó el susurro del acero saliendo de las vainas. Cuchillos y sables destellearon a la luz de la luna llena. Spade apretó los dientes. Atrapados.
- Lo siento, Señor Anderson. Les pagué por él lo convenido, ahora debo llevármelo. Si me permiten...
Anderson levantó la punta del sable hasta dejarla a unos centímetros del rostro de Ernst.
- Lo lamento, pero creo que no nos ha pagado lo suficiente. Verá, yo soy más inteligente que esa chusma de allí arriba - Señaló al promontorio donde la mansión ardía furiosamente. - Creo que les engañó con lo del tesoro. ¿Por qué quiere llevarse al Doctor? Vamos, creo que puede contarme de qué se trata, ¿no?
Spade aprovechó un momento de distracción y corrió hacia la selva lanzando una puñalada contra el hombre que tenía más cerca. Sintió el calor de la sangre salpicándole el brazo, y desapareció bajo los helechos gigantes. Dos disparos relampaguearon tras él y pesadas balas de plomo se clavaron en un tronco, demasiado cerca de su sien. Agachó la cabeza todo lo que pudo y aguzó la vista, esquivando los troncos y las lianas que le cortaban el paso.
Se ocultó tras un grueso árbol y esperó. Poco después escuchó el resollar de unos pulmones atacados por la tuberculosis. El pirata caminaba lentamente, con cautela. Por el rabillo del ojo, Spade vio aparecer un sable. Rápidamente giró y lanzó una violenta cuchillada al rostro.
Pero el puñal sólo mordió aire. El pirata había esperado el ataque y Spade casi no pudo retirarse a tiempo. Un largo tajo comenzó a sangrar en su mejilla.
Se mantuvieron a distancia, vigilándose a la escasa luz de una luna moribunda. A lo lejos se oían los rugidos del fuego.
- Vaya, doctor, ¿no pretenderá hacerme daño con ese cuchillo, verdad? Vamos, no quiero hacerle daño. Deje eso y volvamos al sendero, ¿eh?
- Te mandaré al Infierno, perro.
Spade atacó. El pirata bloqueó el golpe y lanzó un par de tajos con el plano de la espada. Spade se revolvió como una alimaña enfurecida y lanzó todo su cuerpo contra el pirata, que apenas pudo recular y sacar el filo para evitar que Spade le ensartara. Retrocedió un paso y trastabilló. Cuando recuperó el pié, se encontró con una profunda cuchillada en el vientre. La cara del pirata se contorsionó en una mueca de rabia.
- Pequeño bastardo inglés...
El pirata entró a matar. Los aceros lanzaron chispas y Spade sintió toda la furia de los golpes del pirata. A punto estuvo de soltar el puñal en más de una ocasión, pero siguió retirándose e incitando a su oponente: Se internaban en una zona más densa de la selva, donde él contaría con ventaja. Spade retrocedía, confiado, cuando su espalda chocó contra una superficie dura.
Una pared de roca.
Atrapado.
- Vaya, vaya, vaya... la rata está acorralada...
El pirata lanzó un tajo vertical con todas sus fuerzas. Pero el sable no terminó de trazar su arco mortal: se detuvo en lo alto con un golpe seco. El pirata no tuvo tiempo de comprobar lo que sucedía: Spade saltó como una serpiente y le hundió el puñal en la garganta. El cuerpo del pirata se desplomó. Spade notó el sudor frío mojando su espalda y le dolía terriblemente el brazo. La sangre le llegaba hasta el hombro. Arrancó el sable de la rama donde se había clavado y volvió al sendero con todo el sigilo posible.
El viento del norte traía el olor a humo de su destruida mansión, pero no podía ocultar el hedor de la muerte. Los cinco piratas que les habían emboscado estaban muertos, con enormes heridas cruzándoles el torso. Dos de ellos estaban literalmente destripados. Spade se paró en medio de la matanza, completamente desconcertado.
- Ah, veo que ha podido librarse de su perseguidor. ¿Se encuentra bien, Doctor?
Ernst estaba sentado tranquilamente bajo un árbol. Sus ropas tenían manchas de sangre, pero ninguna parecía ser suya. Spade apuntó con sus armas al hombre.
- Me mintió. No está desarmado. No sé lo que ha hecho, pero no pienso ir con usted. Me compró a esos rufianes...
- Una estratagema, Doctor Spade. Les conté una historia y les pagué.
Con un gesto fugaz, arrojó un puñado de monedas oscuras a los pies de Spade. Pequeñas monedas con una calavera en el centro.
- Son Óbolos, monedas de plomo con las que los antiguos pagaban al Barquero su viaje por la Laguna Estigia. La historia era lo bastante buena de por si, pero, sinceramente, no habría sido bastante...
- ¿Entonces?
Spade mantuvo su posición. Aquel hombre había matado a cinco piratas armados y experimentados. Sin embargo parecía estar descansado y tranquilo. Spade sacudió la cabeza. Aún se sentía embotado por el alcohol y el opio. Tenía que mantenerse alerta.
- ¡El oro, por supuesto! Todos saben lo que pide por sus servicios. Les dije que le llevaría conmigo y ellos podrían quedarse con el oro. Era un trato justo, ¿no le parece?
- ¿Les dijo que venía a llevarme?
- Exacto.
- Entonces, ¿creyeron que era usted el Demonio que reclamaba su pago, Señor Ernst?
Ernst se levantó con una sonrisa, pero en medio de aquella selva llena de cadáveres a Spade le pareció una mueca desagradable. Se acercó hasta que la punta del sable quedó apoyada sobre su corazón. Las primeras antorchas comenzaron a bajar por el sendero.
- Algo así... Vamos, Doctor Spade. ¿Cree que puede matarme? Ellos también lo creían, y eran cinco.
Señaló con un gesto indolente al suelo.
- Puedo intentarlo.
Spade se preparó para atravesar el corazón del hombre, pero Ernst fue más rápido. Se metió una mano dentro del jubón y le arrojó un puñado de polvo al rostro. Spade notó un sabor amargo en la boca y todo se volvió negro.
- Yo creo que no...
Apartó las armas a un lado y cargó el cuerpo inerte sin ningún esfuerzo.
- ¿Sabe una cosa, Doctor Spade? No estaban del todo equivocados.
Desapareció por el sendero. Cuando los piratas llegaron al lugar y vieron los cadáveres, decidieron regresar a la mansión incendiada.
Durante décadas, la historia de la noche en la que el Diablo vino a llevarse al Doctor Nicholas Spade se escuchó por todas las posadas del Caribe, y algunos piratas guardaron pequeñas monedas de plomo con una calavera como si fueran un talismán.
Light Artisan - - 26 de Mayo 2005
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Capítulo Primero: La Línea de la Marea
- No existe nadie inocente, señor Spade, sólo algunos menos culpables que otros - El hombre que se revolvía en el fondo de la Taberna de la Gaviota dejó la frase colgada del aire cargado y grasiento. Nicholas Spade se abrió paso entre las miradas atravesadas de los oscuros parroquianos. Algunos escupieron tras él, pero nadie se atrevería a más. Acomodó su huesudo cuerpo junto a la barra y pidió ron. No esperaba un vaso limpio, y no se lo dieron. No esperaba una bebida de calidad, y tampoco le decepcionaron en eso. Sorbió con calma el alcohol turbio y dejó pasar la mañana sobre Islanegra.
El sol coció el Caribe y su miriada de islas mientras recorría su cielo azul. Spade bebió uno tras otro rones aguados en vasos de borde mellado mientras la luz desaparecía del cielo. Cuando salió de La Gaviota dejó tras de sí un coro de murmullos y dos monedas del mejor oro español. Se dirigió tambaleante hacia la casa de la colina, la antigua mansión del gobernador inglés, cuyo cuerpo aún colgaba del roble frente a la puerta principal. Spade lo saludó con un gesto de cabeza, y quizás el viento le devolvió el saludo haciendo que la cabeza del gobernador se tambalease. Quizás fue el viento.
Dentro, el calor del día había convertido las habitaciones en tumbas llenas de aire pegajoso y polvoriento. Spade metió la cabeza en la fuente del invernadero y preparó todo el instrumental medico dejando que el agua se evaporase de su piel. Hoy llegaría la flota de Grugan el Sanguinario después de dos meses de saqueos, y tendría mucho trabajo.
Islanegra era tan sólo un pedazo de arrecife que sobresalía en medio de ninguna parte, pero era conocida en el Caribe por dos cosas: Su cirujano milagroso y su Hombre Maldito. Que ambas características confluyesen en la misma persona se debía al retorcido sentido del humor del Destino.
Grugan echó el ancla frente a la costa rocosa y una procesión de chalupas cargadas de hombres heridos comenzaron a desembarcar y subir el sendero hasta la mansión. Los tiburones les seguían ávidos mientras los marineros que conservaban alguna fuerza achicaban el agua sanguinolenta del fondo. Spade fue separándolos en grupos, clasificando sus heridas, haciendo preparativos. El último en llegar fue el mismo Grugan el Sanguinario. Spade no se sentía demasiado impresionado por los títulos y los sobrenombres de los piratas: Cuando llegaban a él, las bandas de desalmados asesinos que rapiñaban el mar e imponían su violenta ley a sangre y fuego eran simples hombres heridos, atacados por las fiebres, medio devorados por las bestias marinas y ni todo su oro manchado de sangre servía de mucho si no podían encontrar a alguien que detuviese sus hemorragias. Frente a la muerte, la mayoría de aquellos desalmados lloraban como niños de pecho. Grugan mostraba una fea herida en el hombro, un disparo a bocajarro lleno de metralla y partículas de pólvora. La herida se había infectado y supuraba. Spade vio en los ojos del pirata como le devoraban los demonios de la fiebre, pero aún así la mano del bucanero se mantuvo firme en su apretón.
- Traes cinco hombres muy graves, dos amputaciones y varias fracturas menores. Los demás sólo necesitan que alguien les zurza el pellejo. Manda a todos esos al barbero del pueblo. Serán ochenta doblones. En oro español o dolares mejicanos de plata.
Grugan dejó caer sobre la mesa de roble siete piezas de a ocho y sonrió con una dentadura cariada a Spade, al tiempo que presionaba el huesudo pecho del cirujano con el cañón de una pistola.
- Cincuenta y seis, Spade. Arreglarás a todos mis hombres o te haré un ombligo nuevo que te saldrá por la espalda.
Spade contempló los dientes negros y las encías sangrantes y, sin apresurarse, agarró el hombro herido del pirata y hundió el pulgar en la carne infecta. Los tejidos necrosados cedieron mientras el dolor hacía saltar las lágrimas de Grugan, el Sanguinario, azote de los galeones españoles durante más de seis años. Cayó de rodillas y la pistola golpeó las losas con un ruido sordo. La uña de Spade alcanzó el hueso.
- Ochenta doblones. Piezas de oro español o dólares de plata mejicanos.
Uno de los piratas sacó rápidamente un machete del cinto. Spade se agachó, empuñó la pistola de Grugan y disparó mientras el filo oxidado del arma pasaba junto a su mano y se hundía profundamente en la mesa, partiendo en dos una pieza de a ocho. El hombre cayó muerto con un agujero por rostro.
Grugan dejó el resto de monedas sobre la mesa. Cuando estuvieron todas, Spade soltó su presa y se apresuró a lavarse las manos.
- Algún día alguien te matará, Spade el Maldito.
- A ti también, Grugan. Lárgate de aquí y no vuelvas hasta mañana al anochecer.
Cuando los pacientes estuvieron bien sujetos a las mesas de operaciones, amarrados con un sinfín de correas, Spade cortó sus ropas y les arrojó cubos de agua salada para limpiar la mugre y la sangre. Cortó carne, serró huesos y cosió arterias y venas con mano experta durante toda la noche, entre gritos y alaridos de agonía, con el olor de la carne viva y muerta a su alrededor, empapado de sangre y heces. Spade el cirujano descendió a los abismos de Doré y regresó con las almas de todos lo piratas bien sujetas a sus cuerpos remendados. Preparó los ungüentos que había aprendido de Paracelso y Alberto Magno, mezclando con gran cuidado los ingredientes en matraces anticuados de extrañas formas. Cuando el sol comenzó a despuntar por el horizonte, aplicó unas gotas de ron con láudano a las mordazas de sus pacientes y los dejó encerrados en el invernadero, amarrados a las mesas. Metódicamente limpió los despojos y abonó con ellos las macetas de hierbas medicinales. Guardó sus ganancias y se recluyó en el cuarto del segundo piso. Bebió hasta perder el conocimiento. El sol salió.
En el fondo del Océano, unos pies dejan huellas en el limo primordial que nunca ha visto el sol. En las regiones abisales cercanas al Infierno, peces monstruosos se apartan de su camino volviendo sus ojos ciegos hacia las lejanas profundidades. El sudario ondea como una bandera desconocida en las corrientes siempre cambiantes del Caribe, pero la figura sabe muy bien a donde se dirige. Y, con paso firme pero lento, arrastrando la bola de plomo que la mantiene hundida, avanza por el fondo del Océano.
Light Artisan - 23 - Mayo - 2005
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